COSTUMBRES HUACRACHUQUINAS
FIESTA PATRONAL "SANTA ROSA DE LIMA"
La festividad tradicional del pueblo de Huacrachuco, en conmemoración de "Santa Rosa de Lima" patrona de la ciudad, año tras año se realiza con acontecimientos costumbristas que convoca ha cientos de personas de los anexos y a residentes en otras ciudades del país. Muchos huacrachuquinos emigrantes, preparan maletas a fin de volver a su tierra natal para reencontrarse con su gente, su paisaje natural y sus costumbres. Llegando el momento, el éxodo va partiendo de Uchiza (3 días a pie); de Lima, Trujillo, Chimbote (de 1 a 4 días de viaje); entre otras ciudades (en la actualidad -2009- de Uchiza se realiza 1 día, de Lima 18 horas vía Sihuas).
Por su parte, los
comerciantes llamados "shillicos" (El Cholo Pedro, El Panza de
mono...) van llegando con mercancías novedosas convirtiéndose durante la
festividad en uno de los puntos de concurrencia para gente citadina y rural.
Con ellos también llegan los "charlatanes" que dejarán boquiabiertos
a más de un campesino. Así mismo, concurren algunos turistas nacionales y
extranjeros que gustarán de coloridas danzas populares y de exquisitos platos
típicos.
Meses y semanas
antes, los priostes, autoridades y pueblo en general hacen grandes preparativos
para recibir huéspedes y cumplir con las actividades programadas.
La fiesta se
inicia la tarde del día 28 de agosto, con la plantación de banderones por parte
de los capilleros. Aquellos son largos postes de madera, adornados con vistosas
telas de diversos colores, banderines, espejos y otros adornos; en torno a
estos, la gente baila y se divierte con el acompañamiento de flautas y cajas
típicas de la zona. También los moros y cristianos vestidos de coloridos
atuendos, comienzan ha recorrer las calles de la ciudad alegrando a la gente
con la contagiosa música y pasos costumbristas.
Desde el 29 de
agosto la ciudad se convierte en un verdadero ambiente de fiesta, sus calles
repletas de ambulantes y de gente que recorren, con el fondo de alegres danzas
y ruidosos cohetes. Así mismo, se observa emotivos saludos y abrazos de
personas que retornan a su tierra tras largos años de ausencia. Los jóvenes,
muchos de ellos aculturados[1], recorren en grupos con abundantes sonrisas y
bromas. Los campesinos preparados especialmente para esta ocasión, descienden a
la fiesta con vestimenta nueva y multicolor, trayendo consigo los ahorros del
año.
Huacrachuco, es un
pueblo pintoresco y hospitalario, en el que la mayoría de su gente tiene un
apelativo. Y como no podría ser de otra manera, muchos disfrutan de abundante
bebida, especialmente de la deliciosa chicha de jora y el
"shinguirito".
Contrastando con
los instrumentos tradicionales, la banda de música alegra la fiesta durante el
día y, en las noches amenizan los bailes sociales orquestas o grupos
profesionales traídos de otras ciudades.
El día 30, la
atracción principal lo constituye el encuentro de fútbol en el estadio
Mayobamba entre la selección anfitriona y sus clásicos rivales de Tayabamba o
Sihuas, etc. Durante el partido, la banda de música alterna su presencia con
aficionados narradores amantes de este deporte.
El día 31 hace su
reaparición por las principales calles, la imagen de Santa Rosa de Lima,
patrona de la ciudad. Acompañan esta procesión, el equipo eclesiástico,
autoridades, diversas danzas, banda de música y centenares de devotos.
Al día siguiente,
van llegando bravos toros conducidos por famosos laceros y toreros aficionados
de Chocobamba, Huaripampa, Yamos, San Cristóbal, Sinay, etc. Entre tanto,
cuadrillas de campesinos van condicionando la barrera para convertirse más
tarde en el escenario de la corrida de toros. Aproximadamente a las tres de la
tarde se inicia el espectáculo esperado con la presencia de expertos toreros de
la zona, alternando algunas veces, con profesionales de la tauromaquia.
El día 2 de setiembre cerrando con broche de oro, termina la fiesta
patronal con una espectacular carrera a las cintas. Para lo cual, hermosas
damas huacrachuquinas obsequian cintas bordadas, con sus nombres y
dedicatorias; siendo ganador, el caHuacrachuco es un centro poblado peruano,
capital del distrito homónimo y de la provincia del Marañón, región Huánuco.
Ubicado en la margen izquierda del río Huacrachuco en un valle interandino
excavado por este río en medio de la cadena central.Con un hermoso paisaje y
bellas lagunas que encantan tu vida.ballero que más cintas logre obtenerdedicatorias.
Huacrachuco es un centro poblado peruano, capital del distrito homónimo y de la provincia del Marañón, región Huánuco. Ubicado en la margen izquierda del río Huacrachuco en un valle interandino excavado por este río en medio de la cadena central.Con un hermoso paisaje y bellas lagunas que encantan tu vida.
LA FIESTA DE
LA VIRGEN DE LAS MERCEDES EN LA GRAN VÍA
CUANDO LO
CELEBRABA LA PIONERA SRA. MARÍA VIGO DE HINOJOSA
Todos los años, la matrona del pueblo, mi madre
doña María Vigo Escudero de Hinojosa, desde el segundo semestre del año en cada
amanecer de rezos, junto a su pecho su rosario y sus afectos de buenos días de
la servidumbre que desfilaban con su saludo mañanero, mientras al par sus
planes iban madurando junto a los días ya en descuento, porque marcaban la
llegada de la fiesta patronal de la festividad de la “Mamá Meche en la casona
de La Gran Vía”, ajetreos de engorde del mancebo torete que sería sacrificado,
la preparación de las harinas para el preparado del amasijo en el que se
elaboraban las Huahuas y Guanacos, el engorde del porcuno para los chicharrones
y la manteca, el alimento de madrugada para las gallinas ponedoras que sumarían
huevos para enriquecer la masa de los panes en sus diferentes formas y gustos
como lo eran los molletes, las rosquillas, los bizcochos, panes especiales para
consumirlos acompañados de quesos, natillas, manjar blanco, asados de carne de
res, pavo o cerdo, por ser de gran tamaño y se podían cortar en tajadas
perfectas según los gustos junto a los invitados y visitantes.
Para engalanar el anda en donde se colocaba a
nuestra María Virgen de las Mercedes –Mamita Meche- se iniciaban con los
lavados y planchos humedecidos con almidón del vestuario que se usarían y era
extensas sábanas pulcramente bordadas por manos expertas, que meticulosamente y
con destreza de maestra, mi madre enseñaba el calado a jóvenes virtuosas en ese
menester, como lo era la señorita Etelvina Rojas quien, con fina, generosa y
humilde devoción, deslizaba en largas horas de días enteros las agujas tejiendo
los encajes de los atuendos que, irían debajo del espléndido manto adornado con
fibras de oro 18 y 24 kls. y plata de 9.25 décimos acabados con piedras
preciosas que sus brillos opacaban al mismísimo sol.
Los atuendos de las Anacas: ellas eran ágiles y
pomposas bailarinas que mi madre elegía entre las buenas mozas que trabajaban
en casa, quienes llevaban blusones con mangas anchas de una blancura en extremo
que daban realce a sus multicolores pollera puestas en sus siluetas unas sobre
otras dando la impresión de maniquíes de exhibición de alguna vitrina, ellas,
con sus ojos profundos que realzaban sus bellezas innatas, unidas a la alegría
de su juventud que exteriorizaban en su danza, invitaban a disfrutar de esa
fiesta singular; complementaban su indumentaria unas pecheras relucientes por
el brillo de las monedas de plata de 9.25 décimos, entrelazados con collares de
oro y plata junto a los espejos en forma de corazones, estrellas y lunas. Y,
sus blondas cabelleras lucían vistosas cintas de tonalidades que en conjunción
hacían un fastuoso juego que, resaltaban las perfecciones de una mixtura de
sobriedad y encanto. Ellas, en cansados ensayos diarios uniformaban los pasos
al compás de su exclusiva tonada, que en los días de fiesta exhibirían junto al
voto de sus almas, en transparente devoción; era que, en estas tardes de ensayo
de música contagiante, también me entremetía, mi espíritu de niña se elevaba
como una Venus que inspiraba a mi frágil figura en artística danza que, mis
pies en puntitas parecían no tocar el suelo y, me integraba al grupo
abrazándome a sus ritos de indescriptible originalidad y primor.
Qué decir de los vestuarios de los danzantes
“Huanquillas”, éstos llevaban unas orlas en la cabeza adornados con monedas
también de plata de 9.25 décimos que, relucían entre los multicolores plumajes
de exóticas aves del interior de la selva, expresamente cogidos para este fin,
que hacían conjunto con sus sugestivas bandas recargadas de monedas de plata en
sus denominaciones de soles, medios soles y centavos y otras joyas de brillante
platería también de 9.25 dcs., tejidos con largas cadenas en filigrana
finísimas, con otras de oro que eran de entera exclusividad para estos atuendos
y que mi madre cuidaba con tanto esmero qué, a su entrega a cada bailarín éstos
firmaban su sentencia de honor de su escrupuloso cuidado y devolución al
término de la fiesta que duraba una semana.
Las tardes de ensayo de estas danzas eran
agotadoras, pero, sus emociones y fervor eran su acicate, estimulados por la
alegría contagiante de mis hermanos que también entraban al baile con sus
pueriles alegrías que hacían del festejo una velada de mágica expectación, su
tonada de sobrecogedora musicalidad que para mis oídos resonaban como plegarias
que me acercaban al cielo, al seno de sus amores; la voluntaria entrega y
conspicua humildad de los muchachos, que en acompasados pasos todo su ser era
un ritual de veneración haciendo escuela de músicos innatos en los adolescentes
que se perfilaban como los futuros danzantes, junto a mi hermano Marco que era
el más genial aprendiz que a simple observación ya era un artista que a la
flauta hacía llorar en armoniosa melodía, como que también entre piruetas y
ocasionales payasadas daba el cariz de mayor jolgorio y apoteósico frenesí;
cómo no exaltar el profesionalismo innato de los hermanos señores Mori en la
flauta y caja, don Máximo Rojas y otros que llevaban en sus venas esta
expresión de arte que era el alma de la festividad.
Llegaba la fecha esperada, todo el ambiente olía a
fiesta, la monumental casona de la Gran Vía, con sus patios amplios lucían
limpísimo; las fuentes, y bateas repletos de manjares llenaban las mesas junto
a los abundantes panes de todas las formas y sabores, en los que sobresalían
las Huahuas y Guanacos que debían ser repartidos junto a la exquisita chicha, a
los danzantes y al pueblo entero que, se venían desde los parajes más alejados
y se agolpaban para acompañar la conmemoración, como lo decían con profunda
reverencia: ¡Vamos a la fiesta de la Mamá Meshi a comer por algo!, esta frase
hacía alusión a la cantidad de comida que se repartía en esa ocasión.
El día 23 de septiembre, en la Gran Vía desde la
madrugada era un correr y ajetreo cronométrico, el cortado y recogido de sus
tallos de bellísimos rosales de colores exclusivos blancos y rojos, que para la
ocasión el jardín floreaba bajo el escrupuloso cuidado de mi madre, amante y
pulcra que reparaba en cada detalle; el llenado de maletas y cajas con los
atuendos de la Virgen, los espectaculares cirios que mi padre don Alfredo
Hinojosa Hurtado tenía el encargo exclusivo de llevar desde Lima, era que,
debían ser los cirios más grandes que pudieran existir: las blanquísimas telas
con finos brocados en los bordes para el vestido del anda junto a la bandera
nacional. Todo listo, todos con sus mejores tenidas se esperaba la llegada de
los grupos de danzarines -Huanquillas y Anacas-bque, venían danzando al son de
las quenas y cajas que resonaban junto a sus corazones pletóricos de fe
cristiana, al encuentro de la Mayordoma que era doña María Vigo de Hinojosa, quién,
con indescriptible alegría que relucía en sus ojos de verde esperanza, les
recibía con un abrazo de gracia plasmado en su mirar reverente y cálido quién,
tomando la delantera apuraba los pasos hacia el pueblo rumbo a la iglesia,
mientras los silbidos ensordecedores de los cuetes daban señales a los
peregrinos del campo que se estaba dando inicio a la fiesta más espiritual del
pueblo.
Mis hermanos, lucían elegantes ternos que con
antelación, mi madre casi secuestraba al diestro sastre don Julio Pérez Palacios,
a quién se le ponía llave en el cuarto de costura de la Gran Vía hasta que
concluyera el fino cosido de los sacos y pantalones, que en un rito de pruebas
y pruebas, mis hermanos lucían cada vez más jóvenes, quiénes en inquietantes y
aburridos retorcijones no permitían su cabal medida, tanto que, en una ocasión
escuché deplorar a mi madre que estaban los ternos demasiados pequeños y que
había que fabricarse otros, a lo que don Julio Pérez replicaba que mis hermanos
habían crecido ya que, -la verdad era que, este personaje amado y espectacular
había demorado algo más de medio año en su confección-, motivo también por el
que mi madre optaba por acuerdo mutuo pactar su encierro hasta que terminara de
confeccionar los trajes para esta fiesta largamente esperada y, en el que toda
la familia debía lucir simplemente perfectos; los servidores que acompañaban el
cortejo lucían también sus mejores ropas que mi madre en largas horas de
costura lograba confeccionar, sobresalían las primorosas jovencitas que eran
criadas en casa y de entera confianza de mi madre: Filly, Paolina, Matilde,
Flora, Rafa, Shena, Dominga, Alicha y otras a quienes llamábamos con
diminutivos porque su dignidad y lealtad las agraciaban y bueno, también
nosotras con mi hermana Lolita, llevábamos vestidos de finas sedas bajo los
abriguitos vistosos de piel, que con muchísima elegancia nos cosían doña
Antuquita Domínguez o doña Etelvina de Bustamante, que parecíamos dos
princesitas salidas de un cuento, sí con humildad, pero, eso era real y, cuánta
bendición había en ese mi hogar de entonces.
Con solemnidad y los corazones desbordantes de
alegría y fe, cruzábamos la calle principal, ante la atenta mirada de toda la
población que se agolpaba a presenciar el inicio de la fiesta, con la banda de músicos
que entonaban la famosa Diana, este grupo musical era muy respetada y apreciada
por su grandilocuencia, y encomio reconocimiento, formada por los hermanos
Rojas y el señor Calonge, que en señal del comienzo del fastuoso acontecimiento
sus almas entregaban en ese himno de amor que precedían a los espectaculares
danzantes que, se adentraban junto a mi madre a la iglesia, que, luego de una
ofrenda de danza y musical oración de las flautas y cajas, todos, con reverente
cuidado bajaban del altar a la Patrona Celestial; luego, con ayuda de toda la
comunidad cristiana la engalanaban bajo la dirección solemne de mi madre que
marcaba pautas, aún cuando el Reverendo Padre Faustino Cimarolli, párroco amado
y respetado del pueblo, no estuviere de acuerdo, quien no se oponía a esta
tradición, es más, se llegó a sumar, pues era la fiesta a la Madre María, que
abría los corazones de sus fieles a la fe y amor al Padre Celestial, en tiernas
evocaciones y ruegos para que se iniciaran las lluvias, mojando la tierra, germinando
las semillas y, que, los campos se acrecentaran de pródigos frutos, que era la
supervivencia de todos.
Luego de ataviar a la Madre Celestial con sus
atuendos de lujo, era colocada en su anda, bordeada de flores dispuestas en
finos floreros dando una apariencia de exquisita ingeniería de decoración y
ornato, para luego escuchar la misa del Alba, nombre con el que se le
denominaba como el preámbulo a todo el ritual religioso de toda la feligresía
que vendría en los días siguientes.
El “Día Central”, era el siguiente, en el que los
priostes en cada esquina del pueblo abrían las paradas, una especie de tiendas
circundadas don telas con los colores patrios y orladas con mantos de encajes,
apostados en un banderín de varios metros de altura, revestido de blanco con
copos que en cada encuentro eran ceñidos con moños y lazos rojos, simbolizando
su jerarquía, porque Ella, es la Patrona de las armas del Perú. Ese día y la
noche serían de danzas y alegría pletóricas, que no se silenciaba, como una
acariciante función de amor y fervor.
El “Día Procesal”, era el día 25, que, luego de una
grandilocuente misa, donde concurría todo el pueblo y los fieles venidos desde
las alturas, el musical toque de la banda de músicos con su musicalidad
característica que invitaba al recogimiento y, en pomposa procesión la
Santísima Virgen de Las Mercedes era llevada en hombros en estricto orden, en
primera, era cargada por los Huanquillas, hasta el pórtico de la iglesia, luego
en hombros de los militares del Ejército que la adoraban con ceremonial
protocolo; luego, seguido por el santo Padre que dirigía, y, siempre cuidadoso
con lo que dijera doña María Vigo, que siempre marcaba patrones que hasta el
día de hoy se respetan. La procesión paraba en cada capilla para su bendición y
relevo de cargadores. ¡Qué solemnidad!... era el peregrinar de fieles más
místico, cruzando las calles entre vivas y vítores, regando su santísima
bendición, era entonces el pueblo entero católico que amaba y rendía su
veneración a la madre de Dios hecho hombre, Ella, tan divinamente ataviada
parecía sonreír y, era que como una respuesta palpable, apenas retornaba el
anda a la iglesia el cielo se vestía de nubes cargados de las benditas lluvias
con el que en días siguientes las tierras serían enjambres de abundantes
siembras que retoñarían vistiendo de verde y gratas esperanzas toda la comarca.
El Día de la Colocación, era el 26, en éste día, se
mezclaban sentimientos de mixtura de tristeza y alegría, mientras se le
cambiaba de ropas menos pomposas a la Santísima Virgen de las Mercedes, los
Huanquillas y Anacas entonaban canciones sumamente melancólicas que llevaban
con facilidad al llanto, que, las abundantes lágrimas bañaban los rostros
humildes de los danzantes y peregrinos que no lograban ocultar al ofrendar su
beso de despedida con un saludo de amor y humildad; cómo rememoro ese episodio
que calaba mi alma de profunda cristiandad que, su evocación toca mi interior
en un doloroso recogimiento que inspira a mi alma un sentir cercano a esa
imborrable magnificencia que envolvía aquella festividad que, mi madrecita
ofrecía en claro afecto y profunda reverencia.
Luego de levantarla a su trono habitual, en el que
se quedaría hasta el próximo año, se salía de la iglesia detrás de los
danzantes que esperaban en la salida, allí se inscribían los nuevos priostes
que apoyarían la fiesta vistiendo sus banderines el año venidero, allí se
repartían los recordatorios con expresiones poéticas que inspiraba al oferente,
que siempre recaía en mi hermano Marco, poeta ingénito de profunda creatividad
y composición de versátiles poemas que, exteriorizaba su fe y reverencia en su
locuaz inspiración y profundo fervor que renovaba su juramento de hacerlo por
vida, hasta su descendencia; el cortejo de convite iba rumbo a la Gran Vía, llevando
de regreso todos los atuendos, que se guardarían hasta el otro año, si,
guardados bajo siete llaves. Este día era el más espectacular ya que en la
casona de la Gran Vía esperaba un banquete para todos que quisieran participar,
para ello se había sacrificado un toro, carneros, cuyes, gallinas, porque se
formaban mesas de agasajos, una para las autoridades presididos por el Santo
Padre el amadísimo Faustino Cimarolli, que tenerlo en casa era como llevar al
mismísimo Papa Paulo VI en persona, qué cordialidad acompañaba a su carismática
presencia y cuánta humildad regaba su alma, cautivando al más agnóstico, otra
mesa servida era para los músicos y priostes, y otra, en el patio entero para
todo el pueblo y los danzantes, que además, sus familiares iban provistos de
ollas para llevar raciones a sus casas para quienes no fue posible su
participación La comelona era abundante como era el calor y afecto de mi señora
madre que se multiplicaba en cumplidos.
Seguido, ya cayendo la noche que era propicia para
el encendido de la luz generada por una batería cargada por el motor, encargo
que cumplía a cabalidad mi padre don Alfredo Hinojosa Hurtado, que para tal fin
los había adquirido en la capital y trasladado a la provincia en titánica
faena, ya que entonces la ciudad vivía en la penumbra y la carretera aún no
llegaba, por lo que el traslado de tamaño equipo lo hizo a lomo de bestia, que
de no ser tan fuertes como lo eran jamás habrían logrado el cometido que, era
el más esencial para acompañar el cierre de la fiesta patronal, en el que se
convertía a la Gran Vía en un castillo de luces intermitentes con los reflejos
de los espejos de los atuendos de los danzantes que al compás de sus cadencias
y al son de las flautas y cajas oscilaban, las cumbres respondían con ecos de
excelsa celebración, y el cielo aguardaba sus aguas, desplazándolas para dar a
lugar a las estrellas y el lucero enamorado parecía danzar en su luz expectante
unido al festejo que se prolongaba hasta el amanecer, en que las flautas ya
lánguidas y con sabor a nostalgia entonaban el AllHUA KULLÁ vocablo quechua que
implicaba el adiós, musicalidad poética que entrañaba tristeza y, que
sublimizaba el dolor premonitor de que quizás algunos de los presentes no
llegarían al otro año a otra celebración, por mil motivos que sus destinos les
depare, esa melodía me acompaña cuando mi corazón toca el dolor de sus
recuerdos, de sus garbos y sus danzas, de sus risas matizados con el sentir de
hermandad que quedó detrás de ese sol que abrigaba esos días de gloria, en ese
hogar que acunó mi niñez y los amores de quienes fueron parte de esa “Gran
Vía”.
Su humilde devota:
Nelí Esther Hinojosa Vigo.
CARNAVALES
HUACRACHUINO: De acuerdo con lo señalado, el Turu
Pukllay huanuqueño se puede interpretar como una representación burlesca de la
corrida de toros normal y a la vez una manifestación formidable del ingenio
creativo del hombre andino. El toro artificial impone en las fiestas de
carnaval la mixtura de su simbología; luce su porte brioso y colores heredados,
emociona y divierte a los huacrachuquinos desde hace por lo menos un siglo.
Por versiones orales, transmitidas de generación en generación, se sabe
que antiguamente los toros no eran tan livianos como los hacen ahora, razón por
la cual sólo podían cargarlos los hombres más fuertes. Con la instauración de
los concursos y desfiles en los carnavales, ordenada en el segundo gobierno de
Augusto B. Leguía, el Turu Pukllay cobró nuevo impulso. Llegó un momento en que
se fabricaba toros en casi todos los pueblos de Huacrachuco. Para el día
domingo de carnaval los toros de Asay, Yamos, Tucupún (San Fernando),
Gochachilca, Shagapay (San Cristóbal), Chocobamba, Quillabamba, Huaychao,
Tranca entre otros, se dirigían a la capital provincial acompañados cada
cual por su grupo de gente bailando, al ritmo de las cajas y flautas llanas. No
faltaba la chicha de jora en las casas y desbordaba la alegría. Los toros
competían mostrando su destreza en los movimientos de graciosa embestida contra
los lugareños, la forma de bailar y su estilo de reverenciar. El mejor era
premiado.
En la actualidad, algunos pueblos de Huacrachuco mantienen la costumbre
de armar su toro y celebrar a lo grande la fiesta del carnaval. Bien por ellos,
porque año tras año se nutren del riquísimo legado cultural que los hace mirar
el futuro con optimismo.
En la actualidad : La
festividad de los carnavales en nuestro distrito de Huacrachuco se desarrolla
en el mes febrero y marzo, de acuerdo al calendario en donde
sale especificado como día de cenizas y de acuerdo a ello se realiza las
celebraciones, en los caseríos o anexos el
armado de toro inicia un día domingo y dura toda la semana en los anexos se desarrolla en la capital
de la provincia se desarrolla la primera semana de marzo , la población
huacrachuquina celebra con mucha alegría esta festividad en donde vienen los
toros carnavalescos de los diferente anexos
o caseríos a festejar los carnavales en la ciudad según las personas sabias que hemos logrado investigar es una costumbre
tradicional que lo realizan año tras año que antes inclusive
era más vistoso por que se hacia la presentación con danzantes , pero que en
la actualidad se ha ido modificando o cambiando , los toros de los carnavales son algo singular
ya que se realiza de madera,
y con cachos de toro; se le forra con frazadas y telas blancas con rayas pintadas en el centro
con sus cachos, el toro se moviliza con una persona encargada en hacerle bailar al son de la caja y la flauta; además es
guiado por una guiadora quien va
bailando a su adelante y un lacero; de esta manera el torito carnavalesco
disfruta bailando alrededor de la yunza además
se realiza los huarcos y los tablados
que son un recopilación de todo los productos de la zona que se le pone en una cruz
el que lo tumba la yunza se hace acreedor del huarco con todo los productos para que devuelva al siguiente año.


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